domingo, 8 de agosto de 2010

ETIQUETA Y AUTOESTIMA


Por: Wilfredo Pérez Ruiz (*)

Tradicionalmente se ha considerado la etiqueta como un instrumento destinado a la superación y crecimiento, particularmente, del género femenino. Durante décadas ha existido una idea fragmentada sobre su aplicación y significado que ha limitado sus alcances.

En los últimos años, gracias a la difusión de estos asuntos, han sido gradualmente incorporados en las inquietudes de diversas empresas y profesionales (de ambos sexos) y, por lo tanto, hoy apreciamos mayores preocupaciones en nuestro medio. Existen cursos, libros e institutos dedicados a estos temas que han adquirido mayor aceptación y demanda.

Pero, la etiqueta, entendida como una cultura de vida que nos permita desarrollar y mejorar nuestra relación con los demás, interactuar correctamente, fortalecer la autovaloración personal y profesional, entre otros factores favorables, encuentra aún algunas incomprensiones y disimulados cuestionamientos sobre su trascendencia en la formación de una sólida autoestima individual y, consecuentemente, una mejor calidad de vida.

Sobre el particular, me permito reforzar mi alcance con las palabras de Frieda Holler en su libro “Ese dedo meñique” (2001): “Estoy convencida de que todos los seres humanos tenemos la capacidad, el talento y la ambición para lograr el éxito y mantenernos en él. Lo que a menudo nos falta son las herramientas o técnicas básicas para convertir cada posibilidad en un éxito. Una de ellas, sin duda, es la etiqueta”. Esta apreciación facilita entender que la etiqueta es un “puente” para conquistar anhelos y aspiraciones.

Sin embargo, no es únicamente un conjunto ordenado, minucioso y detallado de reglas para aplicar en ciertos espacios sociales, laborales y familiares. Es, desde mi punto de vista, mucho más que eso y, esencialmente, se puede entender como un manual para vivir mejor, agradar a los semejantes y hacer de nuestras vidas una oportunidad destinada a ofrecer una positiva interrelación con quienes nos rodean. Por eso se vincula con la ética y la estética, entre otros aspectos en los que está sustentada.

Bien precisa el libro “Ese dedo meñique”: “…Las buenas formas, la educación no necesariamente tienen que estar dirigidas a elites o a grupos de poder económico”. La óptima educación sugiere ser interpretada como un elemento que servirá a todas las personas sin distinción de sexo, procedencia y nivel. Ese punto es oportuno resaltar a fin de identificar esta temática como parte inherente en nuestro crecimiento y evolución. Como anotara el poeta Antonio Machado y Ruiz, “…Caminante, no hay camino, camino se hace al andar”, subsiste la necesidad de abrir un amplio horizonte para hacer conocer su actualidad e importancia. En otras palabras, hay una labor pedagógica que realizar a nivel familiar, social e institucional con el propósito de demostrar que la etiqueta no es una moda llena de apariencias y frivolidades, sino una estrategia para alcanzar metas en la vida y, además, incrementar nuestra autovaloración individual. Esa es una tarea que nos corresponde a todos asumir y propalar. Aquí entramos a la autoestima.

¿Qué es la autoestima? Es la autovaloración que cada uno de nosotros tiene de sí mismo. La autoestima positiva se expresa en personas con seguridad, convencimiento, pensamientos positivos y que no requieren, entre otras razones, de la aceptación de los demás para actuar y tomar decisiones. Por lo tanto, la pregunta surge evidente: ¿Se sentirán con capacidad y convicción para utilizar los conceptos de etiqueta las personas con bajos niveles de autoestima? Personalmente, lo creo imposible. Tendrán dudas, miedos, incertidumbres, que se convertirán en un obstáculo para la normal y fluida aplicación de estos conceptos.

Es conveniente fortalecer la autoestima previa al desarrollo de la etiqueta y entender que el medio en donde nos desarrollamos no siempre estimula e incentiva el buen comportamiento. Además, hay que considerar la posibilidad de actuar en un entorno altamente desfavorable que pondrá a prueba, con su indiferencia y apatía, nuestra confianza personal.

Desde mi perspectiva, se requiere preparación emocional, alentar la autovaloración y vencer temores. Etiqueta y autoestima son dos ruedas de un mismo vehículo que está en nuestras manos conducir cada uno a lo largo de su existencia. Pero, en sociedades como la nuestra la interrogante es: ¿Cómo hacer para darle seguridad, amor propio, firmeza, respeto y defensa de sus derechos a una colectividad endeble que no se quiere y, consecuentemente, no se tolera y respeta? La respuesta, a mi parecer, no es tan obvia si profundizamos en las complejas razones de la débil autoestima de los peruanos y, especialmente, de los jóvenes que, mayoritariamente, ven su futuro incierto. Se aconseja formar a la juventud (en la casa, escuela y universidad) dándoles pautas para ser capaces de mirarse en el espejo de sus vidas con fe, ilusión, esperanza, convencimiento y sentirse orgullosos de su origen e identidad.

La autoestima es central en la práctica de la etiqueta y dará mayor sostenibilidad a los temas que deben fluir con naturalidad. Aquí tenemos un reto por delante para poner al alcance de las gentes su valor. Especialmente, en espacios en donde se vive el día a día y no se entiende que la vida es mucho más que apremios cotidianos. Es también una búsqueda de metas, logros y realizaciones pensando en el bien común, ese es uno de los genuinos objetivos de la etiqueta, el bienestar, la convivencia y armonía entre todos.

(*) Docente, conservacionista, consultor en temas ambientales, miembro del Instituto Vida y ex presidente del Patronato del Parque de Las Leyendas – Felipe Benavides Barreda.

1 comentario:

Jonathan dijo...

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