
Por Darío Valcárcel
Estuviera o no en el poder, Charles de Gaulle exigía a sus colaboradores un sentido del secreto a toda prueba. Sin el secreto, decía, no es posible gobernar, ni en Francia ni en ningún país respetable. El año 1939 Francia y Gran Bretaña habían declarado la guerra a Alemania. El gobierno había abandonado París. En el aeropuerto de Burdeos, aquel joven general de dos estrellas fue a despedir a un ministro: dio de pronto un salto, apenas perceptible, y se coló en el avión, que despegaba segundos después hacia Londres.
Estuviera o no en el poder, Charles de Gaulle exigía a sus colaboradores un sentido del secreto a toda prueba. Sin el secreto, decía, no es posible gobernar, ni en Francia ni en ningún país respetable. El año 1939 Francia y Gran Bretaña habían declarado la guerra a Alemania. El gobierno había abandonado París. En el aeropuerto de Burdeos, aquel joven general de dos estrellas fue a despedir a un ministro: dio de pronto un salto, apenas perceptible, y se coló en el avión, que despegaba segundos después hacia Londres.
Desde aquel rápido movimiento, de la pista al avión, de Gaulle tuvo ocasión de demostrar una vez y otra su fe en la democracia. Durante los 30 años que siguieron, gracias al general, los franceses pudieron sentirse orgullosos de Francia. De Gaulle no lo hubiera hecho sin la ayuda de ese aliado, el secreto.
De su muerte acaban de pasar 40 años: el mundo de las comunicaciones, o el mundo sin más, se ha transformado con internet, una creación de la ingeniería militar americana. Internet hará más fácil la difusión de documentos filtrados, es decir, robados. Vidas de colaboradores locales de la ISAF, la fuerza que ocupa Afganistán, han caído desde entonces. Nunca se sabrá si esos colaboradores fueron capturados, torturados y muertos por la resistencia talibán después de conocer sus identidades a través de WikiLeaks.
Dos puntos apenas analizados. Primero, el fundador de WikiLeaks, Julian Assange, 39 años, originario de Townsville, Australia, acaba de ser capturado por la policía británica al sur de Inglaterra, donde se ocultaba. El mes pasado la policía sueca había dictado una orden de arresto para obligarle a comparecer ante un tribunal de Estocolmo, acusado de violación y otros delitos sexuales, cometidos al parecer en agosto. De inmediato, Assange ha negado las acusaciones aludiendo al afán perseguidor de Estados Unidos contra él, tras las filtraciones de WikiLeaks sobre Irak y Afganistán.
En noviembre Interpol interpuso una alerta roja para la captura de Assange en Reino Unido, ante dos procesos incoados por dos ciudadanas suecas de 20 y 30 años, el primero por violación, el segundo por agresión. Nunca debe mezclarse el comportamiento personal con la conducta pública. Pero en este caso las posibles agresiones pueden no ser ajenas a WikiLeaks. La pregunta planteada hoy podría despejarse mañana mismo.
Segunda duda: el departamento de Estados acaba de mostrar su incapacidad para custodiar una información que debería permanecer secreta. Estados Unidos es uno de los pocos países que desclasifica toda información, por lo general pasados 20 años (Freedom of Information Act, 1962). La justicia dirá si Assange es un farsante o un héroe, aunque eso sea hoy secundario. Posiblemente sea un tipo sin escrúpulos y poco más. Lo grave es que dispongamos hoy de 250.000 nuevos cables secretos. Información, repetimos, cuya custodia falla. Por qué falla, mientras permanecen a buen recaudo las fórmulas de Coca Cola, las cuentas del Citibank o los sistemas de satélites de Boeing, es algo hoy inexplicado.
No son fallos causados por la decadencia americana: estas son necedades en las que no debe perderse el tiempo. El derecho a saber —respetamos el derecho a saber también por medio de documentos robados al estado americano— avanza en paralelo al derecho a ocultar. No para siempre. Veinte años. (Diario ABC).
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