VIDEITOS MANDAN

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lunes, 23 de febrero de 2015

BIRDMAN (O LA TENTATIVA FINAL DE UNA ACTUACIÓN)


Por Johnson Centeno.-

De cuando en vez la industria norteamericana del cine da a luz una cinta respetable que arrasa con los premios independientes, que funcionan cual censores de toda esa mierda que sale de Hollywood: una purga que renueva la confianza en el séptimo arte hasta en los más incrédulos. ‘Birdman’ es una de ellas.

Precedida de auspiciosas nominaciones en los Globos de Oro y la todopoderosa Critics Choice Awards, buena parte de la crítica ha celebrado sin tapujos el regreso de Michael Keaton a la pantalla grande, considerándola como una de las once mejores películas del año pasado. La cereza en el pastel la puso la AFI (American Film Institute) cuando calificó la cinta como “un nuevo capítulo en la historia de la forma artística de la colectividad americana”. Se me antoja que esta secuencia de premiaciones pude dar lugar perfectamente a una segunda parte de la historia, siempre pisando fuerte entre la oscura realidad y la caprichosa ficción.

Confieso que cuando la ví no me levanté del asiento desde el primer minuto, saboreando cada toma, cada chispazo de humor negro, cada advertencia fantasmal de la conciencia del protagonista, hechizado además por el manejo de la cámara, que apunta una versión mejorada del ensayo ‘Elephant’, de Gus Van Sant (2012). Solo después pude ir al baño.

Riggan Thomson es un bueno para nada después de explotar la última pluma de un superhéroe llamado ‘Birdman’, a quien dedicó tres taquilleras películas hace un culo de años. Hoy está en el olvido, nadie lo reconoce, y su ego anda por los suelos. No obstante su desgracia, Riggan se juega su última carta: ha decidido, contra todo pronóstico, invertir hasta sus calzoncillos en la puesta en escena de una obra de Raymond Carver, con la cual espera recuperar su dignidada actoral, no en vano él mismo la ha adaptado, dirige y protagoniza. Pero esto no es Hollywood, vamos, es Broadway; aquí la ciudad tiene sus propias reglas y todo parece conspirar contra su estreno, empezando por una voz interna que le aconseja mandar todo al carajo.

Su director, el mexicano Alejandro Gonzáles Iñárritu (21 gramos, Amores perros, Babel), no escatima recursos para contarnos una historia desde una perspectiva cuasi fetichista, donde los pasadizos de un vetusto teatro newyorkino participan de las idas y vueltas de unos personajes complejos, quebrándose entre el amor, la adversidad, y la locura. ‘Birdman’, por tanto, es un lento y sabroso descenso a los ánimos más ingenuos del ser humano, un llamado a la puerta del reconocimiento esquivo, donde la única forma de ser libre es la misma muerte en forma de pájaro.

La coincidencia que muchos críticos han visto entre la vida del personaje y el mismo Michael Keaton no es un guiño gratuito. Su versión de Batman, bajo la dirección de Tim Burton, cayó pronto en el olvido, y se podría decir que desde entonces no ha levantado cabeza con algún personaje de fuste (salvo, creo, The Merry Gentleman, dirigido por él mismo) hasta este año que cumple 64 abriles. Incluso el mismo Gonzáles ha reconocido que su protagónico en 1989 pesó en su decisión de convocarlo para ‘Birdman’, y las sonrisas a muela pelada en la noche del Oscar confirman que no se equivocó. 

Con los bien ganados cuatro galardones a mejor película, mejor Director, mejor Guión y Fotografía, 'Birdman' fue la cinta de la noche, y confirma el buen momento de los mexicanos en dirigir a gringos en películas de culto (el año pasado, Alfonso Cuarón se convirtió en el primer latinoamericano en llevarse un Oscar en dirección, por Gravity). Como no podía ser de otra manera, Gonzáles Iñárritu, recibió la estatuilla pidiendo un mejor gobierno para México y un trato igualitario para los inmigrantes en Estados Unidos. Bravo!




sábado, 21 de febrero de 2015

viernes, 20 de febrero de 2015

60% DE LA PEA EN PIURA CON PROBLEMAS MENTALES


Buscar que las empresas desarrollen responsabilidad social en lo que a salud mental se refiere a nivel de sus colaboradores y de la comunidad en su ámbito de acción es el nuevo reto que se ha trazado el Centro de Reposo San Juan de Dios, según señaló el gerente Juan Carlos Puruguay.

Por tal motivo, ayer fue presentado el programa Liderando Mentes Saludables, que contó con la presencia del presidente de la Cámara de Comercio y Producción de Piura, Edmundo Rodríguez-Frías.

Puruguay manifestó que existen algunas empresas que ya están desarrollando responsabilidad social a nivel de salud primaria, pero lo que se quiere es que en esa labor se incluya la salud mental.

Y con este objetivo explicó que este centro busca establecer alianzas con el sector empresarial (asociaciones gremiales, empresas, fundaciones o similares), a fin de generar iniciativas con un enfoque social, que incida en la prevención de trastornos mentales y en la intervención, diagnóstico y tratamiento de la población ubicada en el área de influencia de la empresa.

Esto en vista, añadió Puruguay, que las estadísticas arrojan que el 60% de la Población Económicamente Activa (PEA) se ve afectada en salud mental, en edades de 17 a 38 años. “Por ello es importante se sumen las empresas, pues manejan un grupo de personas, los colaboradores y su familia”, remarcó.

Otra gran preocupación, a la que se refirió el responsable del Centro de Reposo, tiene que ver con la falta de especialistas en salud mental. “Hay un solo psiquiatra del Ministerio de Salud en Piura para una población de cerca de un millón novecientas mil personas”, observó.

A su turno, el abogado Daniel Montes intervino para expresar que estas acciones no las regula una ley sino que obedece a la buena voluntad y al entendimiento de los empresarios que tienen que ser sostenibles con su comunidad. “No todas las empresas están inmersas; sin embargo, diría que cada día son más”.

SALUDOS


miércoles, 18 de febrero de 2015



REVALORIZACIÓN DOCENTE FORMA PARTE DE LA POLITICA NACIONAL


La formación continua es uno de los ejes principales del desarrollo profesional docente, desde que los maestros inician sus estudios superiores y luego durante todo el proceso de su acción en las aulas, así lo aseguró la especialista Andrea Ruffinelli, del Centro de Estudios de Políticas y Prácticas en Educación (CEPPE) de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

La especialista chilena también se refirió a los programas virtuales de capacitación docente impulsados por el Ministerio de Educación (MINEDU) con el apoyo de UNESCO y UNICEF, calificándolos como procesos fundamentales que forman parte de la política nacional de revalorización docente. 

“La formación continua es uno de los pilares que debe fortalecerse con la participación de todos los actores del sistema educativo y que esto se convierta y permanezca como una política de Estado”, subrayó. 

Asimismo, señaló que los estados deberían generar diversas iniciativas que inviten a los mejores estudiantes a desarrollar la pedagogía, ofreciéndoles una formación de calidad y luego de egresar, hacer que la formación continua sea permanente.

“Las necesidades de capacitación tienen que ver con las realidades contextualizadas de los propios colegios, de los docentes, distritos, municipios y de quienes manejan la educación en sus zonas y conocen cuáles son sus requerimientos”, agregó

UNESCO: DOCENTES CUMPLEN ROL PROTAGÓNICO EN EL PAÍS


La representante de UNESCO en Perú, Magaly Robalino aseguró que el desafío en el sector Educación, es consolidar la revalorización de la labor docente como un eje fundamental en el desarrollo del país. 

Esta revalorización se debe dar, entre otros factores, a través de un adecuado sistema de formación continua que ofrezca a los docentes todas las modalidades posibles para fortalecer sus capacidades durante todo el desempeño de su profesión.

Así, al referirse al proyecto de capacitación virtual impulsado por el Ministerio de Educación (MINEDU) con el respaldo de UNESCO y UNICEF, asegura que es parte de la política nacional de formación continua.

Del mismo modo, la funcionaria manifestó que para esta instancia del Sistema de las Naciones Unidas, este proceso es importante porque forma parte de la estrategia de cooperación institucional con las políticas nacionales en materia de educación, donde se tiene al docente como uno de los factores importantes del proceso educativo. 

“Todos los estudios que se hacen alrededor de los aprendizajes y de la calidad educativa, apuntan a los docentes como uno de los factores principales”, señaló. 

Agrega también que UNESCO ha definido la valorización del docente como una actividad central en los programas de Educación a Nivel Global y Educación para Todos, así como la estrategia regional para políticas docentes.

lunes, 16 de febrero de 2015

domingo, 15 de febrero de 2015

ARGENTINA: GOBIERNO Y MAFIA



¿CUAL ES la diferencia entre un gobierno y una mafia? Ambos pretenden disponer del monopolio del uso de la fuerza en un determinado territorio. Ambos están dispuestos a utilizar la fuerza para sostener ese monopolio, si es necesario. Las diferencias se presentan en los objetivos, en algunos casos, y en los métodos, en otros. 

El objetivo de la mafia es mantener el patrimonio o aumentarlo, y los ingresos que de allí se generan; sus ingresos son en parte forzosos (cuotas por protección), pero en gran medida voluntarios (ingresos por ventas de drogas, juego, etc.). Algunos gobiernos también tienen como objetivo aumentar el patrimonio de los gobernantes, y muy pocos el de aumentar la solvencia del fisco; más bien la debilitan con constantes déficits y endeudamiento. 

La gran diferencia está en los métodos. La mafia tiene sus reglas, pero no están escritas, y algo de democracia cuando los “capos” deciden elegir al “capo di tutti capi”, pero el resto de sus integrantes no tiene voz, y mucho menos quienes pagan las extorsiones. Un gobierno tiene normas escritas que establecen limitaciones al poder y procedimientos para la toma de decisiones. Los gobiernos suelen ser electos por una mayoría de los votantes y los gobernantes solamente pueden utilizar la violencia tan sólo para combatir a quienes la utilizan en contra de los ciudadanos. 

En Argentina esas diferencias se están borrando. Un fiscal que denuncia al gobierno aparece muerto en condiciones más que sospechosas, en una trama que involucra a políticos, espías, agentes y, cómo llamarlos, dirigentes de grupos de presión callejera “amigos” del gobierno. Qué es lo que realmente ocurrió tal vez nunca se sepa, sobre todo si no se permite una investigación internacional y, como tal, neutra. Pero la conclusión que buena parte de la población saca es que el Estado se ha convertido en un instrumento de mafias que buscan proteger e incrementar sus patrimonios en lugar de proteger la vida y la propiedad de los ciudadanos. 

Tal vez el 18 de febrero salgan a la calle a expresar esto, respondiendo a un llamado de algunos fiscales para honrar al fiscal Nisman, pero en verdad para expresar su repudio ante los sucios manejos de la política. 

¿Generarán acaso un proceso de toma de conciencia sobre la importancia de las instituciones republicanas que se refleje luego en las elecciones generales de octubre, o será simplemente una protesta más y los votantes llegarán a esa instancia con la resignación de ser libres por un día, para elegir a quien luego ejercerá un poder sin control? 

Este es tan sólo uno de los dilemas que la Argentina enfrenta. El otro, por supuesto, es el económico. Por el momento es menos dramático, pero tiene la capacidad de involucrar de forma negativa no solamente a un funcionario, sino a toda la población. 

El resto del año nos traerá un aluvión de noticias en los dos campos señalados hasta aquí, aunque con más diversidad respecto a lo expresado. El gobierno se encontrará con una “batalla judicial” y con una “batalla contra los mercados”. En el primer campo las noticias se referirán principalmente al enjuiciamiento de algunos funcionarios y empresarios “amigos”; en el segundo reaparecerá la lucha contra la voluntad de proteger el poder adquisitivo corriendo hacia el dólar. Juicios y dólar, un final cantado para todo gobierno argentino.


SÍ O NO?

sábado, 14 de febrero de 2015

viernes, 13 de febrero de 2015

jueves, 12 de febrero de 2015

domingo, 8 de febrero de 2015

EL HARAKIRI


El harakiri es una noble tradición japonesa en la que militares, políticos, empresarios y a veces escritores (como Yukio Mishima), avergonzados por fracasos o acciones que, creían, los deshonraban, se despanzurraban en una ceremonia sangrienta. En estos tiempos, en que la idea del honor se ha devaluado a mínimos, los caballeros nipones ya no se suicidan. Pero el ritual de la inmolación se mantiene en el mundo y es ahora colectivo: lo practican los países que, presa de un desvarío pasajero o prolongado, deciden empobrecerse, barbarizarse, corromperse, o todas esas cosas a la vez.

América Latina abunda en semejantes ejemplos trágicos. El más notable es el de Argentina, que hace tres cuartos de siglo era un país del primer mundo, próspero, culto, abierto, con un sistema educativo modélico y que, de pronto, presa de la fiebre peronista, decidió retroceder y arruinarse, una larga agonía que, apoyada por sucesivos golpes militares y una heroica perseverancia en el error de sus electores, continúa todavía. Esperemos que algún día los dioses o el azar devuelvan la sensatez y la lucidez a la tierra de Sarmiento y de Borges.

Otro caso emblemático del harakiri político es el de Venezuela. Tenía una democracia imperfecta, cierto, pero real, con prensa libre, elecciones genuinas, partidos políticos diversos, y, mal que mal, el país progresaba. Abundaban la corrupción y el despilfarro, por desgracia, y esto llevó a una mayoría de venezolanos a descreer de la democracia y confiar su suerte a un caudillo mesiánico: el comandante Hugo Chávez. Hasta en ocho oportunidades tuvieron la posibilidad de enmendar su error y no lo hicieron, votando una y otra vez por un régimen que los llevaba al precipicio. 

Hoy pagan cara su ceguera. La dictadura es una realidad asfixiante, ha clausurado estaciones de televisión, radios y periódicos, llenado las cárceles de disidentes, multiplicado la corrupción a extremos vertiginosos —uno de los principales dirigentes militares del régimen dirige el narcotráfico, la única industria que florece en un país donde la economía se ha desfondado y la pobreza triplicado— y donde las instituciones, desde los jueces hasta el Consejo Nacional Electoral, son sirvientes del poder. Aunque hay una significativa mayoría de venezolanos que quiere volver a la libertad, no será fácil: el Gobierno de Maduro ha demostrado que, aunque inepto para todo lo demás, a la hora de fraguar elecciones y de encarcelar, torturar y asesinar opositores no le tiembla la mano.

SEl harakiri no es una especialidad tercermundista, también la civilizada Europa lo practica, de tanto en tanto. Hitler y Mussolini llegaron al poder por vías legales y buen número de países centroeuropeos se echaron en brazos de Stalin sin mayores remilgos. El caso más reciente parece ser el de Grecia, que, en elecciones libres, acaba de llevar al poder —con el 36% de los votos— a Syriza, un partido demagógico y populista de extrema izquierda que se ha aliado para gobernar con una pequeña organización de derecha ultranacionalista y antieuropea. 

Syriza prometió a los griegos una revolución y el paraíso. En el catastrófico estado en el que se encuentra el país que fue cuna de la democracia y de la cultura occidental tal vez sea comprensible esta catarsis sombría del electorado griego. Pero, en vez de superar las plagas que los asolan, estas podrían recrudecer ahora si el nuevo Gobierno se empeña en poner en práctica lo que ofreció a sus electores.

Aquellas plagas son una deuda pública vertiginosa de 317.000 millones de euros con la Unión Europea y el sistema financiero internacional que rescataron a Grecia de la quiebra y que equivale al 175% del producto interior bruto. Desde el inicio de la crisis el PIB de Grecia ha caído un 25% y la tasa de desempleo ha llegado casi al 26%. Esto significa el colapso de los servicios públicos, una caída atroz de los niveles de vida y un crecimiento canceroso de la pobreza. 

Si uno escucha a los dirigentes de Syriza y a su inspirado líder —el nuevo primer ministro Alexis Tsipras— esta situación no se debe a la ineptitud y a la corrupción desenfrenada de los Gobiernos griegos a lo largo de varias décadas, que, con irresponsabilidad delirante, llegaron a presentar balances e informes económicos fraguados a la Unión Europea para disimular sus entuertos, sino a las medidas de austeridad impuestas por los organismos internacionales y Europa a Grecia para rescatarla de la indefensión a que las malas políticas la habían conducido.

Syriza proponía acabar con la austeridad y con las privatizaciones, renegociar el pago de la deuda a condición de que hubiera una “quita” (o condonación) importante de ella, y reactivar la economía, el empleo y los servicios con inversiones públicas sostenidas. Un milagro equivalente al de curar a un enfermo terminal haciéndole correr maratones. De este modo, el pueblo griego recuperaría una “soberanía” que, al parecer, Europa en general, la troika y el Gobierno de la señora Merkel en particular, le habrían arrebatado.

En primer lugar, y con mucha razón, varios miembros de la Unión Europea, además de Alemania, han recordado a Grecia que no aceptan “quitas”, ni explícitas ni disimuladas, y que los países deben cumplir sus compromisos. Quienes han sido más severos al respecto han sido Portugal, España e Irlanda, que, después de grandes sacrificios, están saliendo de la crisis luego de cumplir escrupulosamente con sus obligaciones. Grecia debe a España 26.000 millones de euros. La recuperación española ha costado sangre, sudor y lágrimas. 

¿Por qué tendrían los españoles que pagar de sus bolsillos las malas políticas de los Gobiernos griegos, además de estar pagando ya por las de los suyos?Lo mejor que podría pasar es que estas bravatas de la campaña electoral fueran archivadas ahora que Syriza ya tiene responsabilidades de gobierno y, como hizo François Hollande en Francia, reconozca que prometió cosas mentirosas e imposibles y rectifique su programa con espíritu pragmático, lo cual, sin duda, provocará una decepción terrible entre sus ingenuos electores. Si no lo hace, Grecia se enfrenta a la bancarrota, a salir del Euro y de la Unión Europea y a hundirse en el subdesarrollo. 

Hay síntomas contradictorios y no está claro aún si el nuevo Gobierno griego dará marcha atrás. Acaba de proponer, en vez de la condonación, una fórmula picaresca y tramposa, consistente en convertir su deuda en dos clases de bonos, unos reales, que se irían pagando a medida que creciera su economía, y otros fantasmas, que se irían renovando a lo largo de la eternidad. Francia e Italia, víctimas también de graves problemas económicos, han manifestado no ver con malos ojos semejante propuesta. Ella no prosperará, sin duda, porque no todos los países europeos han perdido todavía el sentido de la realidad.

Alemania no es la culpable de que buen número de países de la Europa comunitaria tengan su economía hecha una ruina. Alemania ha tenido Gobiernos prudentes y competentes, austeros y honrados y, por eso, mientras otros países se desbarataban, ella crecía y se fortalecía. Y no hay que olvidar que Alemania debió absorber y resucitar a un cadáver —la Alemania comunista— a costa, también, de formidables esfuerzos, sin quejarse, ni pedir ayuda a nadie, sólo mediante el empeño y estoicismo de sus ciudadanos. Por otra parte, el Gobierno alemán de la señora Merkel es un europeísta decidido y la mejor prueba de ello es la manera generosa y constante en que apoya, con sus recursos y sus iniciativas, la construcción europea. 

Sólo la proliferación de los estereotipos y mitos ideológicos explica ese fenómeno de transferencia freudiana que lleva a Grecia (no es el único) a culpar al más eficiente país de la Unión Europea de los desastres que provocaron los políticos a los que durante tantos años el pueblo griego envió al Gobierno con sus votos y que lo han dejado en la pavorosa condición en que se encuentra.

PODEMOS PASA A PRIMER LUGAR

martes, 3 de febrero de 2015

Perú, país de turistas blancos.

HISTORIA DE UN PEZÓN

CREATIVIDAD EN LA ARENA-CONFERENCIA





ENTRENA TU MENTE

lunes, 2 de febrero de 2015

Für Elise - samuraiguitarist (Beethoven)

LA DECEPCIÓN DEMOCRÁTICA



Conviene que nos vayamos haciendo a la idea: la política es fundamentalmente un aprendizaje de la decepción. La democracia es un sistema político que genera decepción… especialmente cuando se hace bien. Cuando la democracia funciona bien se convierte en un régimen de desocultación, en el que se vigila, descubre, critica, desconfía, protesta e impugna.

Pensemos en dos de las más comunes fuentes de desafecto ciudadano hacia nuestros representantes: la corrupción y el desacuerdo. El menos avisado puede tener una impresión demasiado negativa y caer en el típico error de percepción que genera la corrupción descubierta o el desacuerdo institucionalizado propio del antagonismo democrático. La corrupción es siempre intolerable, por supuesto, y la incapacidad para generar grandes acuerdos está en el origen de muchas de nuestras torpezas colectivas, pero deberíamos ser sinceros y reconocer que buena parte de nuestro malestar con la política corresponde a una nostalgia inadvertida por la comodidad en que se vive donde lo malo no es sabido y se reprimen los desacuerdos. 

La antropología política nos enseña que hay un sentimiento atávico, nunca plenamente superado, de añoranza hacia formas de organización social en las que reine una plácida ignorancia y los políticos, como reza la queja habitual, no estén todo el día discutiendo.

Hay otra fuente de decepción democrática que tiene que ver con nuestra incompetencia práctica a la hora de resolver los problemas y tomar las mejores decisiones. La política es una actividad que gira en torno a la negociación, el compromiso y la aceptación de lo que los economistas suelen llamar “decisiones suboptimales”, que no es sino el precio que hay que pagar por el poder compartido y la soberanía limitada. Está incapacitado para la política quien no haya aprendido a gestionar el fracaso o el éxito parcial, porque el éxito absoluto no existe. Hace falta al menos saber arreglárselas con el fracaso habitual de no poder sacar adelante completamente lo que se proponía. 

La política es inseparable de la disposición al compromiso, que es la capacidad de dar por bueno lo que no satisface completamente las propias aspiraciones. Similarmente los pactos y las alianzas no acreditan el propio poder sino que ponen de manifiesto que necesitamos de otros, que el poder es siempre una realidad compartida. El aprendizaje de la política fortalece la capacidad de convivir con ese tipo de frustraciones e invita a respetar los propios límites.

Todo esto provoca un carrusel de promesas, expectativas y frustraciones, de engaños y desengaños, que gira a una velocidad a la que no estábamos acostumbrados. Los tiempos de la decepción —lo que tarda el nuevo Gobierno en defraudar nuestras expectativas o los carismas en desilusionar, los proyectos en desgastarse, la competencia en debilitarse— parecen haberse acortado dramáticamente.Todas las decisiones políticas, salvo que uno viva en el delirio de la omnipotencia, sin constricciones ni contrapesos, implican, aunque sea en una pequeña medida, una cierta forma de claudicación. En el mundo real no hay iniciativa sin resistencia, acción sin réplica. 

Las aspiraciones máximas o los ideales absolutos se rinden o ceden ante la dificultad del asunto y las pretensiones de los otros, con quienes hay que jugar la partida. No tiene nada de extraño, por ello, que nuestros más fervorosos seguidores aseguren que no era eso a lo que aspiraban. Si además tenemos en cuenta que la competición política crea incentivos para que los políticos inflen las expectativas públicas, un alto grado de decepción resulta inevitable.

Incluso quien se presenta generando las mayores expectativas de renovación —porque no forma parte de lo ya conocido y esa carencia de pasado político le permite gozar de la virginidad política como su principal valor—, no tarda mucho en decepcionarnos. Pronto recurren esos mismos a las jugadas políticas que nos habían escandalizado y se organizan como un aparato clásico. Comienzan “pudiendo”, siguen con un quién sabe y terminan posponiendo indefinidamente las promesas más audaces. Hemos pasado, por ejemplo, de no pagar la deuda a pagarla sólo en parte para finalizar con una inocua auditoría ética (apelando, por cierto, al juicio de los expertos). Es curioso lo poco que tarda el radicalismo en “socialdemocratizarse”. La estrategia para ganar elecciones es muy diferente de la tarea de gobernar, y por eso suele ocurrir que lo primero palidece a medida que se acerca la hora de la responsabilidad. Con el paso del tiempo, lo que era exhibido como radicalidad democrática —que los temas cruciales sean decididos por todos— se revela como indefinición táctica o simple ignorancia acerca de qué debe hacerse. 

No creo que Podemos tarde mucho en decepcionar, como ocurre con todos los actores políticos, no sólo porque comparten nuestra condición humana sino sobre todo porque en algún momento tendrán que tomar decisiones que suponen aceptar algo como menos malo. La prueba de fuego estará en el momento en que sus votos en una institución impliquen una preferencia por unos o por otros, cuando su abstención abra el paso del gobierno a alguien en concreto, todavía más, cuando tengan que preferir a alguien de “la casta” para gobernar.

Recordar tales cosas en medio de esa desbandada que llamamos desafección política, cuando están saliendo a la luz múltiples casos de corrupción y la política se muestra incompetente para resolver nuestros principales problemas, puede parecer una provocación. Si lo recuerdo es para defender estas tres tesis: que la política no está a la altura de lo que podemos esperar de ella, que no es inevitablemente desastrosa y que tampoco deberíamos hacernos demasiadas ilusiones a este respecto. Y es que las quejas por lo primero (por su incompetencia) se debilitan cuando uno da a entender que acepta lo segundo (que la política no tiene remedio) y cuando traslucen una expectativa desmesurada acerca de la política. 

De este modo no pretendo disculpar a nadie, sino permitir una crítica más certera, porque nada deja más ilesa a la política realmente existente que unas expectativas desmesuradas por parte de quien no ha entendido su lógica, sus limitaciones y lo que razonablemente podemos exigirle.¿Qué racionalidad podemos introducir en medio de esta decepción? Creo que lo mejor es partir de una constatación muy liberadora: la política es una actividad limitada, mediocre y frustrante porque así es la vida, limitada, mediocre y frustrante, lo que no nos impide, en ambos casos, tratar de hacerlas mejores. Y en segundo lugar, nuestras mejores aspiraciones no deberían ser incompatibles con la conciencia de la dificultad y los límites de gobernar en el siglo XXI. Lo que hacen los políticos es demasiado conocido y demasiado poco entendido. 

La sociedad comprende poco los condicionamientos en medio de los cuales han de moverse y las complejidades de la vida pública. Esto no ha de entenderse como una disculpa sino todo lo contrario: es el
elemento de objetividad que nos permite agudizar nuestras críticas, impidiendo que campen desaforadas en el espacio de la imposibilidad.

Ahora que todo está lleno de propuestas de regeneración democrática no viene nada mal que analicemos con menos histeria el contexto en el que se produce nuestra decepción política, para que estemos en condiciones de valorarla en su justa medida y no cometamos el error de sacar consecuencias equivocadas de ella. Deberíamos ser capaces de apuntar hacia un horizonte normativo que nos permita ser críticos sin abandonarnos cómodamente a lo ilusorio, que amplíe lo posible frente a los administradores del realismo, pero que tampoco olvide las limitaciones de nuestra condición política.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política y Social e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco.