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domingo, 31 de mayo de 2015

EL DORADO



Los conquistadores de Indias oyeron contar a unas tribus indígenas que en algún lugar al norte existía una laguna llena de oro, producto de una ofrenda ritual, que un rey cada año ofrecía a los dioses. Así nació la leyenda de El Dorado. Los conquistadores atravesaron selvas y cordilleras, ríos caudalosos y ciénagas ponzoñosas en busca de ese tesoro sumergido. 

El Dorado siempre estaba más allá, en otra parte y nunca fue encontrado, pero esa leyenda sirvió de poderoso acicate para despertar nobles sueños del alma humana, no solo la codicia. Como el Santo Grial o la Piedra Filosofal, el mito de El Dorado es una pauta del espíritu, un ideal de pureza y de resurrección. En política El Dorado también existe. Es ese sueño de igualdad, libertad, moral pública y regeneración, que la izquierda cree poder alcanzar. 

Ahora, unos con la nariz tapada, otros con el empeño juvenil de que cambiar el orden de las cosas, muchos ciudadanos han llegado al pie de las urnas municipales y autonómicas con la ilusión de aquellos conquistadores, que vencieron toda suerte de adversidades atraídos por la leyenda de El Dorado. Ingenuos o resabiados, los votantes de izquierdas que han conseguido colocar a sus líderes en la ruta hacia la laguna de oro, esperan que esta vez el pacto leal entre partidos y plataformas progresistas se sobreponga a la ambición, codicia y egoísmo de los mediocres.  

En general, para la derecha la política no es sino la proyección de sus intereses privados; en cambio, se supone que para la izquierda la política es un ideal de limpieza moral y de regeneración pública. ¿Qué conquistador será el primero en confundir El Dorado con un caudal a sus expensas en el que se puede meter mano?. No debe volver a pasar. Bastará con que se corrompa un concejal de izquierdas para que se destruya todo un sueño y el Dorado deje de existir una vez más.


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