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domingo, 20 de septiembre de 2015

MIS PRINCIPIOS ERECTORES



1. El periodista no tiene amigos, tiene fuentes. No es solamente un lema de Twitter, es una cuestión de actitud, la decisión dramática de abrazar la antipatía como un estilo de vida. Nunca me voy de juerga con periodistas porque compito contra ellos. No respeto a los periodistas que toman periódicos lonchecitos en Palacio o que invitan a sus cuchipandas de cumpleaños al presidente de la República en ejercicio. Aborrezco las cofradías. Me repelen los almuercitos de camaradería donde todos se aman y, después de la tercera caja, eventualmente, también se encaman. Si por razones laborales un periodista se reúne con un político, se reúne en público y paga la cuenta. “Asesoría” es el bobo eufemismo que emplean los coleguitas para adecentar la mermelada. O también: “capacitación”. Mermelero y lobbyista son sinónimos, cuando se trata de periodistas.

2. El periodista no es la noticia. Ya se sabe que ver tu foto en todas las portadas puede resultar afrodisíaco y que una recargada agenda de entrevistas televisivas es tan o más adrenalínica que subirse al primer vagón de la montaña rusa con los brazos en alto y gritando wujú. Pero cuando un periodista empieza a convertirse en rockstar, hay que sospechar. En un medio tan chato y mezquino como el nuestro, los coleguitas no nos van a regalar carátulas cuando triunfemos. Paren de soñar. Antes de mencionarnos siquiera, se sentarán pacientemente a esperar que la caguemos. Entonces y solo entonces, nos darán una generosa ración de nuestro propio chocolate.¿Querías prensa? ¡Toma prensa! Si un periodista se convierte en noticia en el Perú, lo más probable es que haya protagonizado un cagadón de proporciones. Cuando estés jodido, todos moriremos por entrevistarte.

3. El periodista no existe sin el medio. Desde que Hildebrandt pateó el tablero, pechó a Delgado Parker y se mandó mudar a España, allá por el año 1857, renunciar a la TV mentándole la madre a los dueños se volvió súper cool. Olvídense. Se volvió una fiebre. Surgieron camadas enteras de hildebrandtitos indignados que se rociaban querosene en pantalla, gritaban: “¡Óyeme,democracia! ¡Hago esto por ti!” y se prendían fuego. Y el pueblo aplaudía, claro que sí. El pueblo necesita mártires. Mártires para adornar con su foto vistosas pancartas en vigilias y plantones: ¡Vivo lo llevaron, vivo lo queremos! Todo muy romántico. Pero desgraciadamente, tanta solidaridad se termina más rápido que una velita misionera. Y en pocos días, alguna tecnocumbiera encuentra trágica muerte y el mártir de la prensa pasa de moda. Para siempre. Y chau, pe’ cuñau. ¿Qué viene después? La soledad, la lluvia, los caminos. Y escribir artículos para un periódico mural que siempre puedes colgar en el hall de tu edificio. O en tu blog.

4. El periodista no se enamora de su fuente. Estamos de acuerdo. En este oficio, obsesionarse es obligatorio. Obsesionarte con tu tema, mas no con tu informante ni con ninguna parte de su anatomía. Te lo diré más crudamente: prohibido tirarte a tu fuente. Okey, amar no es un delito porque hasta Dios amó pero te advierto: si te enamoras de tu fuente, te jodiste. Pon atención aquí que te habla la experiencia. Si te enamoras de tu fuente perderás, por supuesto, toditita la objetividad, el ángulo y la perspectiva. Querrás defenderla de todo mal, adoptarla, salvarla, victimizarla, blindarla, redimirla, pagarle abogado, pasaporte, visa, pasajes a Europa, conseguirle trabajo y alquilarle una casita en la pradera para que lleve a toda su familia. Okey. Enloqueciste.

5. El periodista no pone de la suya. Hay un viejo adagio que reza: “El periodista nace bueno y los vales de movilidad lo corrompen”. Y los de refrigerio, faltó agregar. El viejo zorro sabe que es mejor no poner de la suya ni para el taxi porque lo más probable es que el jefe no se lo firme y la empresa editora o radiodifusora le eche tierrita al tema para siempre. Y si esto vale para los gastos menudos, imagine el lector lo que será cuando se trata de entrevistar testigos clave, faranduleros carísimos o de comprar vladivideos, potoaudios y demás primicias afines. Esas son palabras mayores. Lujos que están fuera de todo presupuesto. Es ahí donde entran a tallar los eternos paladines de la justicia, los defensores anónimos de la democracia en peligro, los próceres que nunca aparecen pero siempre están. ¿Qué haríamos sin ellos, Perú?

6. Tumbarse al gobierno no es chamba del periodista. No es que nos falten ganas, la verdad. Pero lamentamos informarles que esto no es Washington D.C. y no hay nada más idiota que ponerse acá a jugar a que yo era Woodward y que tú eras Bernstein. Estamos todos chuponeadísimos y recontra chequeadazos. ¿A quién nomás nos vamos a tumbar, a ver? El jueves último, sin ir más lejos, habíamos pactado una entrevista “secreta” con Lucy Monteza, la otra empleada de Nadine que fue supuestamente intervenida por una camioneta de seguridad del Estado, cuando se dirigía a una entrevista a la que nunca llegó. ¿Adivinan qué pasó esta vez? Tampoco llegó, pues, obviamente. La secuestrarían de nuevo, me imagino. Pobre, nunca cuidará nonnos en la bella Italia. Bah. Es tiempo de cambiar de celular. Dejémonos de 4 cojudeces. ¿Tumbarse al gobierno? ¿Tú y cuántos más, ah? Qué flojera.

7. El periodista no alardea de su “poder”. Tampoco se cuelga medallas solito. Espera, sin mucha fe, a que un día Dios y la patria lo premien. O sea, no espera nada. No dice: “soy un líder de opinión”, ni “soy influyente” ni mucho menos “soy poderoso”. En el supuesto negado de que exista, el líder de opinión esperará a que sean los demás quienes lo calumnien así. No se confía de su entrañable amistad con el dueño de la fábrica porque sabe que, en el fondo, sigue siendo un obrerito y cuando así lo crean conveniente, le patearán el poto editorial. Periodista que se respeta duda de los resultados de la Encuesta del Poder, especialmente cuando va primero. Periodista que se respeta nunca se la cree.

8. El periodista no amenaza. Amarrar información puede ser muy estratégico. O muy estúpido, según sea el caso. Hubo un tiempo en que se puso de moda que los periodistas de la tele saliéramos en cámaras blandiendo una cinta de video o un voluminoso expediente, amenazando con la “bomba” que pronto –¡muy pronto!– haríamos estallar y que no dejaría títere con cabeza. Huyuyuy. Amigo, si tienes una bomba, lánzala en one y que mueran Sansón y todos los filisteos. Amigo, yo sé que tienes deberes sagrados que cumplir, pero deja de hacerte el interesante. Ya aburres. Nunca me voy a olvidar lo que me dijo el coronel Cubillas cuando lo llamé una madrugada, un poquito aterrorizado porque Canebo estaba en la puerta de mi casa y me amenazaba al teléfono con lanzar una granada si yo no salía: “Amigo Ortiz, el que te va a matar, no te llama a avisarte. El que te va a matar, te mata”.

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