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domingo, 6 de septiembre de 2015

RESPUESTA HUMANITARIA A LAS MIGRACIONES



Lo que hoy ocurre en Europa se veía venir. Su avanzado desarrollo y las mejores condiciones de vida a través de una integración exitosa han hecho que, desde hace décadas, muchos en el África paupérrima vean a Europa como la tierra prometida. 

Otros, porque ya no pueden vivir bajo el terror, la guerra y los enfrentamientos que los lanzan a los caminos apenas con unos bártulos personales. Son los que salen de Siria, de Afganistán, de Irak o Eritrea. Prácticamente medio millón de sirios se han refugiado en Turquía y de allí han presionado para entrar a Grecia y seguir a la Europa del norte.

Al correr de los días los datos son apabullantes: Europa vive el mayor movimiento migratorio registrado en el continente desde la Segunda Guerra Mundial. 

Unos como refugiados políticos, otros como inmigrantes cargados de pobreza. 

Ante la urgencia, no todos los países reaccionan igual. La Comisión Europea desea repartir a los solicitantes de asilo entre los países miembros para aliviar a los países de llegada, principalmente Grecia e Italia. Ese reparto es frenado por la negativa de varios países, entre ellos Austria, Hungría, Eslovaquia y Eslovenia.

Para la canciller alemana, Angela Merkel, la situación constituye un desafío más en su calidad de país líder en la Europa actual. Y ha entregado una cifra elocuente: Alemania prevé albergar en 2015 a unos 800 mil candidatos al asilo, más que cualquier otro país europeo. 

Cuando la policía expulsaba a los miles de refugiados para que no abordaran los trenes desde Budapest hacia Alemania estos gritaban aplaudiendo “Merkel, Merkel” porque ella encarnaba la esperanza de una vida mejor. 

España, al otro extremo, más allá de la retórica diciendo que ésta es la peor crisis que afronta Europa, sólo anuncia dar acogida a 2.749 de los casi 6.000 refugiados que Europa ha pedido que acepte. Dice que ya ha recibido a muchos.
La crisis será abordada en una próxima reunión extraordinaria de ministros de Interior de la Unión Europea. 

Y ahí están los datos: si el año pasado hubo 1 millón 200 mil migrantes, en 2015 la cifra puede subir a 1 millón 500 mil. Y en el entorno comienzan a surgir fantasmas: algunos hablan sin tapujo de levantar muros y mantener las barreras alambradas a lo largo de sus fronteras; otros llaman a revisar los acuerdos de Schegen que permiten el libre desplazamiento por Europa a todo el que haya logrado su ingreso.

“Debemos trabajar ahora para lograr una política común de asilo y no acusarnos unos a otros, debemos cambiar las cosas”, dijo la canciller Merkel hace pocos días recordando el respeto por los valores humanistas de los padres fundadores de la Unión Europea. 

Pero lo que asombra es ver una Europa que no está dispuesta a mirar el tema en toda su profundidad, a entender que nadie deja su lugar de nacimiento y de vida por puro gusto, sino porque ya su entorno es imposible y ve otro mundo mejor más allá.

Las migraciones son connaturales al ser humano. ¿Dónde está el agua? ¿Dónde los alimentos y la caza? ¿Dónde tener de qué vivir? La necesidad pone en acción, así ha sido siempre. 

Al decir de Carlos Fuentes, en América Latina todos somos emigrantes. Algunos llegaron hace 20 o 30 mil años a través del Estrecho de Bering; otros lo hicieron 500 años atrás desde la península Ibérica; los afroamericanos vinieron como esclavos desde Africa y luego, ya más cerca, más de un millón de europeos cruzaron en el siglo XIX hacia acá con maletas de esperanzas.

Por todo eso, uno no puede dejar de preguntarse muchas cosas. 

¿Están presentes las razones humanitarias frente a esta realidad o todo quedará en el debate por la distribución de las cuotas según la abundancia de cada país?
¿Cómo ayudarán las potencias europeas, junto a otros como Estados Unidos para que haya un mínimo orden en el mundo? 

¿Cómo es posible que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas siga casi sin poder reaccionar ante tamaña desgracia? 

En el pasado, bajo la Primera y Segunda Guerra Mundial hubo leyes de la guerra. Hoy no hay ley alguna para garantizar a un ser humano que su vida o la de los suyos no serán arrasadas. Entonces huyen. Y vemos a ese padre que, con un niño apretado al corazón, de no más de 3 años, trata de ir a través de los alambres de púa con la policía al otro lado.

¿Cuál será la solución de largo plazo en Europa: vivir tras los muros para garantizar su estilo de vida o comprender que debe interactuar con sus vecinos del sur, ya sea asumiendo responsabilidades para la paz o para el desarrollo económico? 

Porque si aquello no está, sólo queda una posibilidad: huir. Ayer se hablaba de los emigrantes como resultado del cambio climático y la desertificación. Hoy es el resultado de la intransigencia religiosa o de las odiosidades extremas en lugares como el Medio Oriente y también más allá. 

En América Latina también el problema de la migración está presente y no sólo de sur a norte: ahí está ahora la situación entre Venezuela y Colombia. Las migraciones dentro de nosotros han aumentado más de un 15% según CEPAL. La razón es la misma: las asimetrías entre el desarrollo económico de un país y otro. 

Por eso, se debe abordar el tema en Naciones Unidas expresando que ésta es una cuestión ligada a la paz y la seguridad en el mundo y por ende urge verla como parte de la política internacional. Si los países son inseguros y obligan a la migración, es el mundo que falla en mantener un orden mínimo para los seres humanos.

La respuesta no está en muros, gases lacrimógenos o penas de cárcel. Está en una estrategia de desarrollo para quienes migran por pobreza extrema y en crear formas efectivas en pro del orden mundial, para impedir estos genocidios colectivos que conmocionan la historia de nuestro tiempo. 

(*) Ex presidente de Chile

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