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domingo, 4 de junio de 2017

ASFIXIADOS POR TRUMP


Aunque uno se lo proponga, es imposible dejar de observar los bandazos y los sobresaltos del comportamiento del presidente de Estados Unidos y sus consecuencias para el mundo. Hay quienes consideran que la mejor manera de acabar con un incendio es provocando una explosión con nitroglicerina porque ese compuesto consume el oxígeno que necesita el fuego para mantenerse encendido. Es lo que parece que está haciendo el incendiario Donald Trump para apagar la conexión rusa.

No hay una sola voz, ni un solo periódico, ni un científico o intelectual que no haya manifestado su horror por la retirada de Washington del Acuerdo de París sobre cambio climático, que ya era un pacto de mínimos. Y por si no fuera suficiente, el republicano ha decidido socavar y despreciar a la OTAN, manteniendo, a diferencia de sus predecesores, un estricto silencio sobre el artículo 5 ( “las partes convienen en que un ataque armado contra una o contra varias de ellas, acaecido en Europa o en América del Norte, se considerará como un ataque dirigido contra todas…” ). Conviene no olvidar que la Alianza Transatlántica se creó para evitar que los soviéticos se comieran al resto de Europa.

Atrás queda el mundo construido tras dos guerras mundiales con el liderazgo ganado a pulso y la hegemonía bien utilizada del imperio del Norte. Trump ha terminado por configurar las señas del nuevo mundo con esa política que solo él entiende, pero que secundan el 40% de los estadounidenses. Y además, el vacío que está dejando y el aislacionismo hacia el que se desliza esta presidencia, con la complicidad de los congresistas y senadores republicanos, ofrece a China una gran posibilidad para convertirse en el gran adalid del comercio libre, pese a su comunismo de Estado.

Francamente, no es de esperar que Trump conozca la historia, ni siquiera es razonable suponer que sepa que su país no es un imperio más porque todos los imperios tienen razones militares, comerciales y de dominio, pero solo se consolidan cuando tienen un legado histórico o civilizatorio. El Imperio Romano tenía, como el estadounidense con el que a menudo se compara, un destino manifiesto. Unificó los territorios que iba conquistando no solo mediante una extensa red de vías y calzadas, sino también con el derecho, el idioma, la cultura y los intercambios comerciales. 

Lo mismo ocurrió con el Imperio Británico que explotó hasta el último de los intereses económicos en sus conquistas y que ganó a cambio, por ejemplo en el caso de India, un suministrador de materias primas. Los estadounidenses también han ganado mucho. Invirtieron sangre, dinero y ambición moral en el Acta de Independencia que dio lugar a su nación. Hoy gracias al control militar, financiero y tecnológico, siguen siendo, pese a Trump, al Tea Party y a los republicanos, el referente de los valores democráticos en el mundo libre.

Lo más sorprendente de este cambio de eje es que se está produciendo cuando los poderes económicos, los que delinean la globalización y los que han creado las nuevas relaciones entre los factores productivos de los países están en manos de jóvenes estadounidenses que han utilizado la tecnología para poner en marcha y explotar las oportunidades de la era de Internet.

El mundo de hoy no pertenece a Henry Ford, ni a los grandes líderes industriales o financieros que alumbraron los avances del imperio estadounidense. El mundo de hoy pertenece, sobre todo, a los Zuckerberg, a los Gates, a los creadores de Google, de Yahoo y de todas las redes sociales. Sin embargo, el mundo de hoy tiene la desgracia de que esos líderes, salvo el fallecido Steve Jobs, no tienen ningún sentido de la responsabilidad ni de la estructura del poder que representan.

Los nuevos amos del mundo no tienen experiencia, ni conocimiento y tampoco capacidad para administrar el poder económico, político y tecnológico que manejan. Y frente a eso, están convirtiéndose en unos instrumentos al servicio de la visión más antigua, decadente y antiamericana representada, curiosamente, por el poder Ejecutivo y por los que todavía le siguen en el Legislativo.

Trump está asfixiando al mundo con sus actitudes, con sus políticas, con la tinta que -como calamar- arroja sobre la conexión rusa, al ejecutar voluntaria o involuntariamente la gran oferta en el sacrificio ritual del templo del Kremlin. Lo está haciendo al cuestionar la OTAN y al romper la alianza con la Unión Europea y con Alemania que ya le han demostrado que se ha convertido en un socio irrelevante para el continente. Y lo está haciendo dando un cheque en blanco para que el mundo muera como consecuencia de la torpeza y la estupidez que significa el aniquilamiento sistémico del planeta.

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