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domingo, 23 de julio de 2017

TENSIONES EN LA ECONOMÍA MUNDIAL



La economía mundial está creciendo a un ritmo superior al sustentable, y la capacidad productiva ociosa se está agotando rápidamente. El empleo crece en casi todo el mundo, al punto que la tasa de desempleo se acerca a sus niveles mínimos históricos. Los precios de las acciones muestran máximos absolutos en Estados Unidos y Alemania, se recuperan rápidamente en Japón y en la Zona del Euro (prácticamente duplicando su valor), mientras que en China -luego de la explosión de dos “burbujas”- crecen sostenidamente. Estos desarrollos se dan en un marco de estabilidad de precios (menos del 3% a nivel mundial), con recuperación del comercio internacional y elevados niveles de inversión.

A pesar de ello, persiste el descontento, como lo evidencian los resultados de las elecciones en el Reino Unido y en Estados Unidos, y los graves disturbios en Hamburgo durante la reciente reunión del Grupo de los 20, al mismo tiempo que muchos analistas pronostican inminentes catástrofes económicas argumentando que esta expansión es desequilibrada y que está alimentada por insostenibles políticas monetarias expansivas.

El argumento de estas supuestas “burbujas” es fácilmente desechable puesto que si bien el tamaño de los activos de los principales bancos centrales se cuadruplicó, todos esos recursos se esterilizaron automáticamente en reservas excedentes de los bancos (por eso la inflación es baja). La extraordinaria liquidez que existe en el mundo es el resultado del incremento del ahorro financiero (diferencia entre los ingresos y los gastos totales) de los agentes económicos, quienes redujeron su gasto por temor en los momentos de crisis. Este ahorro necesariamente debe estar reflejado en tenencias de activos financieros, subiendo sus precios.

En el fondo, la disconformidad nace en la dispar evolución de la economía mundial, que desde hace varios siglos está expuesta a un proceso permanente de cambio, que genera –necesariamente- ganadores y perdedores. El bienestar colectivo mejora pero los perdedores que no pueden adaptarse son marginados. Sube el empleo total, hay menos hambre, aumenta la disponibilidad de bienes y servicios, mejora la salud y la educación para el conjunto de la población, pero crece la desigualdad por la difícil reinserción de un porcentaje de la población.

Las cifras que publica la Organización Internacional del Trabajo muestran que desde el año 2000 el mundo creó empleo, de manera sistemática (639 millones de nuevos puestos de trabajo) y el desempleo cayó de 6,4% al 5,7% actual. A pesar de estas mejoras, todavía no se logró revertir el aumento del desempleo ocasionado en la crisis de los años 2008 y 2009. En ese periodo la tasa de desempleo subió a 6,2% y 25 millones de personas engrosaron las cifras de desempleo, y desde ese entonces, el mundo mantiene en torno a los 197 millones la cantidad de personas que no consiguen trabajo.

Parte de este desempleo estructural está explicado por los “perdedores” de los procesos de cambios que no pudieron incorporarse a los sectores dinámicos, ya sea por no poseer las habilidades requeridas por las nuevas ocupaciones o por dificultades para trasladarse hacia los lugares en donde éstas se desarrollan. Éste es el voto “castigo” del “interior profundo” y de viejas ciudades industriales y mineras que favorecieron el Brexit y dio la victoria a Donald Trump.

Los mencionados procesos de cambios son evidentes al observar la composición del empleo a nivel mundial. La participación de la agricultura bajó de casi 40% en el año 2000 al 29% en 2016, la de la industria se mantuvo entre 20% y 21%, y la incidencia de los servicios subió del 40% al 50%. Cuando se examina la misma distribución por regiones se observa que la participación de la agricultura en los países de bajo ingreso se ubica en torno al 70% y la de la industria no llega al 10%. En los países de alto ingreso la participación de la agricultura es ínfima, la de la industria es similar a la media mundial, y el sector de servicios es el mayor generador de empleo (superior al 75%). En consecuencia, los países de ingreso medio son relativamente los más intensivos en empleo industrial. Estos valores confirman las distintas etapas del desarrollo de las naciones. 

En los inicios, la agricultura es la actividad más importante; a medida que se avanza en este proceso, la industria la desplaza como fuente primaria de empleo; en los estadios más avanzados de desarrollo, las actividades de servicios son las principales generadoras de empleo. En Estados Unidos, la participación de la industria en el empleo es inferior al 10%. Es erróneo creer que sólo el crecimiento económico reducirá el desempleo estructural y permitirá la reinserción de las personas excluidas durante el proceso de desarrollo. Es necesario complementarlo, invirtiendo en una mejor educación y capacitación laboral en el marco de políticas integrales que tengan en cuenta la multidimensionalidad del círculo vicioso de desempleo y pobreza. El mundo ha progresado pero todavía queda mucho por hacer.

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